Cuando Chile se convirtió en uno de los países con mayor velocidad y cobertura de vacunación contra el SARS-CoV-2 a nivel mundial, la comunidad internacional observó el fenómeno con asombro. Sin embargo, para quienes hemos dedicado nuestra vida a la medicina asistencial y a la salud pública en nuestra patria, no fue ninguna sorpresa.
Ese logro no se gestó en semanas: fue el fruto de más de siete décadas del Programa Nacional de Inmunizaciones (PNI), construido con el sacrificio de enfermeras, paramédicos y médicos que han recorrido desde el altiplano de Putre hasta las islas de Chiloé llevando salud a cada rincón del territorio nacional.
Los desafíos del presente: Vacunación local e infodemia
Ese capital histórico no puede darse por garantizado. Observamos con preocupación cómo en diversos rincones del orbe y también en América Latina resurgen enfermedades inmunoprevenibles como el sarampión o la tos convulsiva producto de corrientes desinformadoras que proliferan en redes sociales sin ningún contrapeso científico.
Para preservar la soberanía sanitaria de Chile, debemos avanzar en dos frentes simultáneos: primero, una comunicación de riesgo cercana, basada en evidencia y desprovista de tecnicismos; segundo, la reactivación decidida de la capacidad de formulación y envasado de vacunas en suelo nacional. Estar preparados para la próxima emergencia epidemiológica no es una opción; es un deber de seguridad nacional.